lunes, 3 de julio de 2017

CARTA ESCRITA POR STEVE JOBS ANTES DE MORIR


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Steve Jobs falleció en su casa de California a las 3 de la tarde del 5 de octubre de 2011, a los 56 años, a consecuencia de un paro respiratorio derivado de las metástasis del cáncer de páncreas que le fue descubierto en 2004, por el que en 2009 había recibido un trasplante de hígado.
El día anterior había perdido la conciencia y murió estando su esposa, hijos y hermana a su lado. Su muerte fue anunciada por Apple con una declaración:
Estamos profundamente entristecidos al anunciar que Steve Jobs ha muerto hoy. La brillantez, pasión y energía de Steve fueron la fuente de incontables innovaciones que enriquecen y mejoran nuestras vidas. El mundo es mucho mejor debido a Steve. Su amor fue para su esposa, Laurene, y su familia. Nuestros corazones están con ellos y con todos aquellos que fueron tocados por sus dones extraordinarios.
Su familia hizo una declaración diciendo que murió en paz. Según dijo en el funeral su hermana biológica, Mona Simpson, Jobs miró a su hermana Patty, luego a sus hijos durante un largo rato, después a su esposa Laurene. Sus últimas palabras dichas unas horas antes de su muerte fueron
OH WOW. OH WOW. OH WOW. Estas palabras fueron escritas en mayúsculas en el panegírico de The New York Times.
En las dos semanas posteriores a su muerte la Web de Apple presentó una página con el nombre de Jobs, su fecha de nacimiento y fallecimiento y un retrato en blanco y negro. Haciendo clic en la imagen se presentaba la nota necrológica que decía:

Apple ha perdido un visionario y genio creativo, y el mundo ha perdido a un ser humano maravilloso. Los que hemos tenido la suerte de conocerlo y trabajar con Steve, hemos perdido a un gran amigo, mentor e inspirador. Steve ha dejado una compañía que solo él podía crear, pero su espíritu siempre vivirá en Apple.


Aunque el fundador de Apple, Steve Jobs, murió en 2011, en los
últimos días ha comenzado a circular una carta que escribió unos días antes de morir y a la que se  considera el mensaje final que Steve Jobs quiso dejar al mundo.

La carta fue revelada por el biógrafo del empresario, Walter Isaacson tras recibir autorización de su viuda, Laurene Powell, quien hasta ahora se había negado a hacerla pública.

“Laurene decidió que era momento de dar a conocer la carta, pues aunque le duele profundamente lo que ahí se expresa, decidió que no quiere interferir con el mensaje que Steve jobs quiso difundir como su última aportación a la humanidad”, declaró Isaacson.

Este es el contenido textual de la carta, traducido al español:

"Alcancé el pináculo del éxito en el mundo de los negocios. A los ojos de los demás, mi vida es el epítome del éxito.

Sin embargo, además del trabajo, tengo pocas alegrías. Al final, la riqueza es el único hecho de la vida que conozco.
En este momento, recostado en una cama de enfermo y repasando mi vida entera, me doy cuenta que la riqueza y el reconocimiento del que tanto me enorgullecí, palidecen y carecen de significado de cara a la muerte inminente.
En la oscuridad, veo las luces verdes de las máquinas que me mantienen con vida y siento el aliento de la muerte respirar cada vez más cerca de mí…
Ahora sé que, una vez que logramos acumular riqueza, debemos perseguir otras cosas no relacionadas…
Tal vez relaciones, tal vez arte, tal vez los sueños abandonados de la juventud.
Perseguir la abundancia sin descanso solo te convertirá en un ser retorcido, como yo.
Mi riqueza ya no me la puedo llevar, solo me llevo las memorias que me dio el amor. Es la verdadera riqueza que te acompañará y te dará la fuerza y la luz para seguir adelante. Y recuerden, nadie necesita una Stylus.
Lo material que se pierde, se puede recuperar, pero hay algo que nunca se puede recuperar cuando se pierde… la vida
En cualquier etapa de la vida que te encuentres, recuerda que llegará el momento de enfrentar la hora en que se cierran las persianas.
Atesora el amor de tu familia y amigos.
Trátate bien. Aprecia a los demás”


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miércoles, 31 de mayo de 2017

LA CORTA VIDA DE 13 ROSAS






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La corta vida de trece rosas


En este artículo publicado en El País de España, el 11 de noviembre de 2005 se testimonia uno de los episodios más crueles de la represión franquista. El 5 de agosto de 1939, trece mujeres, la mitad menores de edad, fueron ejecutadas ante las tapias del cementerio del Este. Su historia sigue viva hoy en forma de libros, teatro, documentales y cine.

"Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia". Fueron éstas las últimas palabras que dirigiría a su familia una muchacha de 19 años llamada Julia Conesa. 

Corría la noche del 4 de agosto de 1939. Hacía cuatro meses que había terminado la Guerra Civil. Madrid, destruida y vencida tras tres años de acoso, de bombardeos y resistencia ante el ejército sublevado, intentaba adaptarse al nuevo orden impuesto por el general Franco, un régimen que iba a durar cuatro décadas.

Sería aquélla la última carta de Julia Conesa. Y ella lo sabía. Porque, junto a otras catorce presas de la madrileña cárcel de Ventas, había sido juzgada el día anterior en el tribunal de las Salesas. "Reunido el Consejo de Guerra Permanente número 9 para ver y fallar la causa número 30.426 que por el procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra los procesados  responsables de un delito de adhesión a la rebelión.  Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de los acusados  a la pena de muerte", dice la sentencia. 

A Julia la acusaban hasta de haber sido "cobradora de tranvías durante la dominación marxista".En el ambiente de ese verano de posguerra -tristísimo para unos y glorioso para otros-, se mezclaban las ruinas de los edificios y la pobreza de sus pobladores con las dolorosas secuelas físicas y psicológicas de la contienda. Y, sobre todo, abundaban ya la propaganda y la represión. El día a día de la capital estaba marcado por las denuncias constantes de vecinos, amigos y familiares; por la delación, los procesos de depuración en la Administración, en la Universidad y en las empresas; por las redadas, los espías infiltrados en todas partes, las detenciones y las ejecuciones sumarias. En junio habían comenzado, incluso, los fusilamientos de mujeres. 

Resultado de imagen para General franco"Españoles, alerta. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España, con el favor de Dios, sigue en marcha, una, grande, libre, hacia su irrenunciable destino", voceaban las radios de Madrid.
 "Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino", advertía Franco en sus discursos.

Y apenas 24 horas más tarde, 13 de aquellas mujeres y 43 hombres fueron ejecutados ante las tapias del cementerio del Este. El momento lo recuerdan así algunas compañeras de presidio:

 "Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardía Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas" (María del Pilar Parra). 
"Algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: '¿es que a mí no me matan?" (Mari Carmen Cuesta).

 "Si fue terrible perderlas, verlas salir, tener que soportarlo con aquella impotencia, más lo fue ver la sangre fría de Teresa Igual relatando cómo habían caído. Entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres (con sus novios y maridos, también condenados) antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados" (Carmen Machado).
Quince de los ajusticiados ese 5 de agosto de 1939 eran menores de edad, entonces establecida en los 21 años. Por su juventud, a estas mujeres se las comenzó a llamar "las trece rosas", y su historia se convirtió pronto en una de las más conmovedoras de aquel tiempo de odio fratricida y fascismo. Un episodio sobre el que nunca se habrá escrito mucho. Lo investigó el periodista Jacobo García, ya en 1985. Lo noveló el escritor Jesús Ferrero en su libro Las trece rosas (Siruela, 2003), en el que dedica un capítulo a cada una de las muchachas y con su literatura las dota de vida y palabra, de sentimiento y dolor; le pone cara a sus verdugos. Lo documentó durante dos años, sin ficciones, y por eso aún con mayor crudeza el periodista Carlos Fonseca en Trece rosas rojas (Temas de Hoy, 2004): 
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"No conocía la historia, no la busqué; ésta me buscó a mí a través de unos documentos que guardaba un tío de mi padre que pasó 20 años en la cárcel. Localicé el sumario, investigué; los familiares pusieron el material que tenían a mi disposición". En su libro duelen los testimonios de las familias, el momento de la condena, la partida hacia la muerte, la locura posterior de las madres de las fusiladas ante su pérdida, la indiferencia del régimen.
Retoma la historia de las trece rosas ahora la productora Delta Films en un largometraje documental títulado Que mi nombre no se borre de la historia, tal como pidió Julia en los últimos minutos de su vida. En la película se muestra el drama personal y el contexto social, político (su militancia en las Juventudes Socialistas Unificadas, JSU) y bélico en el que se mueven las protagonistas. "Es el primer documental sobre el suceso y entendimos que era urgente hacerlo porque son pocos los testigos vivos. Si no se recogen ahora sus voces, permanecerán para siempre en el olvido", dicen los directores, Verónica Vigil y José María Almela.

El destino triste de estas mujeres que no pudieron envejecer ha sido citado también en libros de Dulce Chacón o Jorge Semprún, y este mismo otoño lo acaba de llevar a escena la compañía de danza y teatro Arrieritos. Además ha sido inspiración para una organización socialista recién creada, Fundación Trece Rosas, "orientada a proyectos e iniciativas en las que se profundice en la igualdad y la justicia social". Y aún más: su vida y muerte es el argumento del próximo filme de Emilio Martínez Lázaro, con guión de Ignacio Martínez de Pisón y asesoría de Fonseca.

"Tras entrevistar a sus compañeros de organización, a sus familiares, concluimos que las trece rosas eran mujeres que sabían bien lo que hacían, y que con gran valentía y clarividencia lucharon contra el régimen antidemocrático que se avecinaba", comentan Vigil y Almela. "Se afiliaron a la JSU de forma consciente; pudiendo quedarse en casa, salieron a la calle y optaron por luchar y defender la II República española, desempeñando diversas labores durante la defensa de Madrid y poniendo en riesgo sus propias vidas". Según Fonseca, el régimen franquista "adoptaba un tono paternalista con las mujeres en sus mensajes, pero trató con igual inquina a hombres y a mujeres. La miliciana era para los vencedores la antítesis de la mujer, cuya misión en la vida era ser madre y reposo del guerrero". Para Santiago Carrillo, que fue primer secretario general de la JSU, "en las guerras, son ellas siempre las que más sufren… Y el régimen de Franco hizo todo lo posible por destruir el espíritu de libertad de las mujeres que se había creado con la República".
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Ellas se llamaban Ana López Gallego, Victoria Muñoz García, Martina Barroso García, Virtudes González García, Luisa Rodríguez de la Fuente, Elena Gil Olaya, Dionisia Manzanero Sala, Joaquina López Laffite, Carmen Barrero Aguado, Pilar Bueno Ibáñez, Blanca Brisac Vázquez, Adelina García Casillas y Julia Conesa Conesa. Eran modistas, pianistas, sastras, amas de casa, militantes todas, menos Brisac, de la JSU. 

El suyo se considera uno de los castigos más duros a los vencidos de la posguerra. Una respuesta, dicen, al asesinato del comandante de la Guardia Civil, Isaac Gabaldón, a su hija y su chófer el 27 de julio anterior.

"El número de detenciones diarias en la capital era muy variable en 1939, aunque muchos días la información titulada 'Detención de autores de asesinato' estaba formada por más de cien nombres", escribe Pedro Montoliú en su reciente e interesante libro Madrid en la posguerra, 1939-1946. Los años de la represión(editorial Sílex) que le ha supuesto cuatro años de investigación y en el que describe el ambiente de aquel tiempo: "Los peores meses fueron junio, con 227 fusilados; julio, con 193; septiembre, con 106; octubre, con 123, y noviembre, con 201. Por días, los más sangrientos fueron el 14 de junio: 80 fusilados; 24 de junio, 102; 24 de julio, 48; el 5 de agosto, 56. Ese día, y 48 horas después de dictar sentencia, fueron fusiladas las 'trece rosas', de entre 18 y 23 años, que habían intentado reconstruir la JSU en la clandestinidad".

Vigil y Almela enfocan su película preguntándose cómo se podía llegar a ejecutar una sentencia tan infame. "¿Qué había pasado en España? ¿Qué acontecimientos habían azotado el panorama político y social de aquel entonces?". Miraron entonces hacía la organización política juvenil de la que las trece rosas eran miembros, la JSU, y a su papel en el transcurso de la guerra.



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"Franco se proponía destruir hasta la simiente de los rojos en este país y al decir rojos, estoy diciendo los simples demócratas, los liberales, cualquier recuerdo de los tiempos en que España había sido libre", declara Carrillo en el filme. La organización nació en marzo de 1936 de la fusión entre la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas. "Luchábamos por un ideal", dice una de sus miembros. Otra: "Nos afanábamos por la libertad, por un mundo mejor, porque el trabajador pudiera vivir en condiciones". Una tercera: "Defendíamos la República que había sido elegida en 1931, mejorándola". Y cuarta: "Mi conciencia política surgió tan pronto empezó la guerra. Tenía 15 años y debía pelear, no había más remedio". En 1939, la JSU se encontraba deshecha, sus líderes encarcelados. Sólo se contaba con el coraje de sus miembros para reorganizarse.
"Crear una estructura clandestina es siempre algo muy difícil. Hay que concentrar los esfuerzos. Y en ese periodo los concentramos en la creación, sobre todo, de un partido comunista clandestino", afirma Carrillo. Para el régimen, según el periodista Jacobo García, la JSU representaba un gran peligro: "Dada la juventud de sus militantes, estaba destinada a sobrevivir durante muchos años y a plantear problemas al régimen franquista durante muchos años, a corto, medio y largo plazo". Debía desaparecer.

Así, estando todos los hombres en prisión o en el exilio, de la reorganización se encargaron las mujeres o los jóvenes. "Queríamos seguir luchando, recuperar dinero para ayudar a los presos, para sacarlos, para sacar a mi hermano; queríamos, pero no lo conseguimos…", apunta Concha Carretero. "Te cogían enseguida", rememora Nieves Torres. "Era un Madrid triste, reservado, la gente no se atrevía a mirar a nadie; si ibas en el metro, todo el mundo iba con la cabeza baja", dice Mari Carmen Cuesta. Se tira de los detenidos, se utiliza la tortura para conseguir delaciones, y así, poco a poco, va cayendo la organización. "A los presos los sacaban a la calle y los usaban como gancho, detrás iban dos policías. Así me detuvieron a mí", sigue Torres.
Las trece rosas fueron elegidas para morir entre las 4.000 reclusas hacinadas en Ventas en un espacio pensado para 400 (más de 280.000 presos políticos se contaban en 1939 en España). ¿Por qué ellas y no otras? El escritor Jesús Ferrero imagina una posibilidad literaria y azarosa en su libro: "Roux, Cardinal y el Pálido habían comido opíparamente en el Ritz y se sentían alegres. Una hora antes les había llegado la orden de elegir a quince mujeres, preferentemente menores de edad, para conducirlas a juicio. Ya en comisaría, una señora, que se sentía agradecida porque habían liberado a su hija, le regaló al Pálido un ramo de rosas. Eran quince El Pálido lo cogió y, mirando a Cardinal y a Roux, dijo: 'Señores, ha llegado el momento de decidir quiénes van a ser las quince de la mala hora. Bastará con ponerle un nombre a cada una de las rosas Empezaré yo', dijo tomando una flor. 'Y bien, esta rosa de pasión se va a llamar Luisa. No conseguí que esa bastarda pronunciara una sola palabra en los interrogatorios. Por poco me vuelve loco'. 'Y ésta, Pilar', dijo Cardinal. 'Y ésta se va a llamar Virtudes', susurró el Pálido con precipitación. 'Y ésta, Carmen', dijo Cardinal. 'Lo merece más que nadie. Nunca me miró bien esa condenada'. 'Y ésta, Martina', anunció Roux. 'Está siempre ausente. Seguro que ni siquiera se va a dar cuenta de que ha muerto".
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Ficciones aparte, ellas sí se daban cuenta. De sus condiciones ("La posguerra fue peor que la guerra"), de las humillaciones ("Se ve que les gustó mi pelo y me dejaron pelona, pelona; me lo cortaban y me lo enseñaban, '¿no te da pena este ricito?"), de lo que les esperaba ("No bastaba con estar tú en la cárcel, todo tu entorno tenía que expiar por tu pecado"), de lo que significaba pertenecer a los derrotados ("Nos trataban de lo peor, muchas palizas, muchas vejaciones"), de lo que perdían ("Estuve 16 años en prisión, se me fue lo mejor de mi juventud").
Así lo cuentan en la película Maruja Borrell, Nuria Torres, Mari Carmen Cuesta, Concha Carretero, Ángeles García-Madrid, entre otras muchas, de las que fueron amigas, conocieron y/o compartieron celda con las trece rosas en aquellos días. Hablan de las penurias, de la vida cotidiana en una prisión en la que sólo se comían "lentejas de Negrín", de los petates en el suelo, de la desconfianza ("No te fiabas de nadie porque se decía que los franquistas habían metido chivatas dentro"), y hasta de su capacidad para sobrevivir, intimar, quererse y reírse de sí y de su situación. Hablan de las terribles noches de saca, de cómo todas salían temerosas a la galería para ver quiénes eran las elegidas para morir, de cómo sucedió todo en aquella noche terrible de agosto. "Para mí es un recuerdo muy amargo, muy amargo", llora aún hoy desconsolada Mari Carmen Cuesta, entonces de 16 años.

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Resultado de imagen para la corta vida de trece rosas  durante la dictadura de francoEn la película de Delta Films y en el libro de Fonseca se recogen testimonios de parientes: las sobrinas de Julia, de Dionisia, de Martina. Y del hijo de Blanca Brisac y Enrique García, quizá la más triste de todas las historias: "Mi padre pertenecía a la UGT, pero mi madre dijeron que era de la JSU, y yo sé que no militaba. Lo puedo jurar", dice. A ambos los ejecutaron ese 5 de agosto de 1939, cuando él tenía 11 años. "Determinadas corrientes revisionistas pretenden hoy cambiar la realidad de los hechos y esto sí que es muy peligroso. No se trata de generar sentimientos revanchistas. En ninguna de las entrevistas que hicimos percibimos rencor. Al contrario, fue toda una lección de humanidad. Nuestro documental trata de concederles el minuto de duelo que en su día se les negó", cuentan Vigil y Almela.

Fue Blanca Brisac, sin embargo, quien mejor lo expresó, mientras escribía a su hijo esa noche, ya en capilla: "Voy a morir con la cabeza alta. Sólo te pido, que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor. Enrique, que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la cimentaron a mí Hijo, hijo, hasta la eternidad".

El documental 'Que mi nombre no se borre de la historia' fue emitido  en el  2006 en 'Docu-TVE'.

* Este artículo apareció en la edición impresa de El País, el  Domingo, 11 de diciembre de 2005 y fue escrito por L0LA HUETE MACHADO


jueves, 13 de abril de 2017

HILDEGARDA DE BINGEN, UNA POBRE E IGNORANTE MUJER



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Hildegarda de Bingen,  una pobre e ignorante mujer...

Catedral de Tréveris por la noche. Haz clic en la imagen para ampliarla.
Era la fiesta de Pentecostés de 1160 y en la catedral de Trèves, la más antigua de Alemania, se agolpaban ciudadanos, clérigos y nobles para escuchar un sermón. No era un sermón cualquiera pues quien se encargaba de predicar era una mujer, un hecho sorprendente para la época. Su nombre, Hildegarda de Bingen.
Hildegarda de Bingen por Karlheinz Oswald frente a la Abadía de Eibingen.
No oigo estas cosas ni con los oídos corporales ni con los pensamientos de mi corazón, ni percibo nada por el encuentro de mis cinco sentidos, sino en el alma, con los ojos exteriores abiertos, de tal manera que nunca he sufrido la ausencia del éxtasis. Veo estas cosas despierta, tanto de día como de noche.
Decía de sí misma que era una “pobre mujer ignorante” pero lo cierto es que fue una de las personalidades más polifacéticas e influyentes del Occidente europeo en la Baja Edad Media. Abadesa, médico, compositora, escritora y mística. Hasta tres Papas la compararon con los antiguos profetas, un privilegio que nunca se ha dado a nadie más.
En la Edad Media la mujer era considerada inferior al hombre al ser hija de Eva, con la que llegó el pecado original. Este era uno de los motivos para marginarla de la vida de la Iglesia y así lo dictaminaba el Decreto de Graciano. 
Restos de la abadía de San Disibodo. Haz clic en la imagen para ampliarla.
Hildegarda nace en el año 1098 en el seno de una familia noble, en el pueblo de Renaina. En aquellos tiempos era costumbre ofrecer a los conventos niños y mujeres, y a los ocho años su familia la hace ingresar en la abadía de San Disibodo, en el oeste de Alemania. De salud enfermiza, pronto comenzó a tener visiones que no le abandonarían en toda su vida. Al principio fue reacia a compartirlas, por prudencia, pero a los 15 años lo hace con sus más allegados, siendo a los cuarenta y tres años cuando decide ponerlas por escrito ya que  -según sus palabras- Dios le ordenó hacerlo así. En 1148 el papa Eugenio III le autoriza a escribir su libro Scivias (“conoce los caminos del Señor”) compuesto de 26 visiones acompañadas de poemas en forma de alabanzas.
Poco después ocurrió algo tan inesperado como sorprendente, algo totalmente inédito hasta entonces: se leyeron públicamente algunos fragmentos de su obra para clausurar el sínodo que se celebraba en la catedral de Tréveris, delante de prelados, un Papa y de san Bernardo de Claraval, fundador de la orden cisterciense. Siempre tuvo una actitud sencilla y siempre fue consciente de que por su condición de mujer en aquellos tiempos, su obra debía ser aprobada por el hombre, y para ello encontró un importante aliado en la persona de san Bernardo, alguien del que incluso Papas y Reyes escuchaban y respetaban.
Nadie en toda la Edad Media produjo una obra tan extensa y variada como ella: desde himnos litúrgicos gregorianos (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestes) hasta obras teatrales litúrgicas (Orden de las virtudes). Entre sus obras escritas destaca el Libro de las obras divinas y el Libro de la vida meritoria, pero personalmente destacaría dos de sus obras: el Libro de las sutilezas en el que trata cuestiones relacionadas con el aparato genital femenino como la menarquía y la menopausia, y su Libro de las sutilezas de las criaturas divinas donde incluso se puede intuir en él su concepción heliocéntrica del mundo y la teoría de la circulación de la sangre y en la que algunos encuentran que influyó en los inicios de la actual medicina alternativa.
El prestigio que adquirió hizo que en 1150 fundara una comunidad femenina cerca de Bingen y quince años después, un monasterio al otro lado del Rin. A pesar de que las mujeres tenían prohibido predicar, lo hizo, siendo sus sermones escuchados por nobles y clérigos, manteniendo correspondencia con las mayores personalidades de la Cristiandad de su tiempo, conservándose más de 300 de sus cartas.
El Riesencodex conservado en la biblioteca de la Hochschule de Rhein-Main. Haz clic en la imagen para ampliarla.
Murió con 81 años en la misma abadía que fundó. En el año 1632, tras la Guerra de los Treinta Años, sus reliquias se trasladaron desde el convento de Rupertsberg hasta Colonia y después a la iglesia parroquial de Eibingen donde aún reposan. Se le conocía como la sibila del Rin pero lo cierto es que desde el 7 de octubre de 2012, el papa Benedicto XVI le otorgó el título de doctora de la Iglesia y proclamada santa.
Santuario con los restos de Hildegarda en la iglesia parroquial de Eibingen. Haz clic en la imagen para ampliarla.
Creo que de “pobre mujer ignorante” no tenía nada. Su curiosidad por entender el mundo que le rodeaba hizo avanzar a la Ciencia por delante de su tiempo, aportando esa luz que necesitaba la oscuridad en la que se encontraba inmersa la Edad Media. Incluso su figura en la actualidad es tomada como ejemplo para muchos grupos feministas eclesiásticos y seculares por el papel que debió adquirir la mujer en la Historia